05/07/2007 Por Ramón Fenoll
Desde hace 13 años, que se dice pronto, he participado en todas las manifestaciones del Orgullo Gay de Madrid. Pertenecía a un colectivo de gays y lesbianas de Alicante por aquel entonces y recuerdo que luchábamos por unos derechos que creíamos no llegaríamos a ver jamás y que hoy día increíblemente los tenemos. Una gran labor nada agradecida y despreciada por mucha gente de generaciones posteriores. Allá por 1994 levanté por primera vez una pancarta reivindicativa en donde tan solo 5.000 personas discurríamos por la Gran Vía madrileña (todo un gran logro para aquella época). Vivíamos aquellas manifestaciones con una visión y pasión infinitas, apoyándonos los unos a los otros, haciéndoles ver a la poquita gente que nos escuchaba que eramos gente tan normal como ellos… ¡Era una auténtica pasada!
A lo largo de estos años y gracias a mucha gente sin escrúpulos, cuyos objetivos han sido enriquecerse a nuestra costa, hemos acabado con el espíritu de una manifestación cuyos únicos objetivos eran hacernos respetar y valorar por aquellos que no nos entendían.
Y hoy, 30 de junio de 2007, miro espantado aquí, entre los dos millones y medio de personas, como nos estamos mostrando ante el mundo: un gigantesco carnaval politizado y, como no, “un gran negocio”. Perplejo e impotente, veo como todo aquello por lo que luchamos se ha desmoronado y el sentido serio de cualquier reivindicación se ha perdido. Sí, ahora salimos en todos los canales de televisión, pero sólo sacan aquello que les interesa: esperpénticos personajes incomprensibles para la mente de un heterosexual, los millones de kilos de basura que hemos dejado a nuestro paso o cuántos/as hemos sido ingresados/as en los hospitales por haber ingerido alguna droga de diseño. Esa es la imagen que muchos heterosexuales quieren que se vea de nosotros: que ser homosexual es un vicio, que solo pensamos en el sexo, en gastar, en vivir en una fiesta perpétua, llena de alcohol, drogas…. Ahora lo importante de la manifestación es obtener el mayor beneficio económico a cualquier precio.
¿Lo peor de todo? Que esa manifestación se ha convertido en una en una “fiesta popular de Madrid”, donde todos/as tienen cabida para poder emborracharse y montarla bien montada sin respetar el principio del espíritu de todo esto: el respecto hacia los homosexuales. Miles de heterosexuales haciendo botellón en nuestra fiesta-reivindicativa, por decirlo de alguna manera, mientras oías comentarios como: "¡Qué asco de maricones!"
¿Pero qué es esto? ¿Es esto lo que queríamos? ¡No puedo creerlo!
Y aún más. Allá adonde íbamos, fuera del “espejismo” del barrio de Chueca, escuchábamos lindezas de los madrileños tales como: "Hoy es un buen día para fumigar el centro de Madrid" o "Arrimaos contra las paredes (del metro), que en las próximas paradas hay una infestación de maricones" o "Deberían estar todos muertos"...
¿Cómo es posible que hayamos perdido la dignidad de esa manera? Y, ya que la dignidad es ahora dinero ¿cómo es posible que dejemos nuestro dinero en una ciudad en donde no somos bienvenidos?
Lo tristísimo es que a la mayoría de los homosexuales les da absolutamente igual… ¡Dame pan y dime maricón! (y yo que pensaba que éramos más conscientes).
Hemos perdido el juicio como el resto de los mortales. ¿En qué nos hemos convertido, Dios mío?